Septiembre 13, 2026 -24thd Domingo del Tiempo Ordinario
Queiridos Hermanos y Hermanas,
Las lecturas de este domingo nos confrontan con una de las enseñanzas más desafiantes y liberadoras del Evangelio: debemos perdonar como hemos sido perdonados, sin límite y de corazón. En el Evangelio (Mateo 18,21-35), Pedro se acerca a Jesús con una pregunta práctica: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?». Siete ya era un número generoso, que simbolizaba la plenitud. Jesús responde: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete». Luego cuenta la impactante parábola del siervo sin compasión.
Un rey decide ajustar cuentas con un siervo que le debía una cantidad imposible: diez mil talentos, una deuda que ninguna persona ordinaria podría jamás pagar. Movido a compasión, el rey le perdona toda la deuda. Ese mismo siervo encuentra después a un compañero que le debía una suma mucho menor, lo agarra por el cuello y le exige el pago inmediato. Cuando el segundo siervo le pide paciencia, el primero se niega y lo manda a la cárcel. Al enterarse, el rey llama al siervo sin compasión y le hace la pregunta penetrante: «¿No debías tú también tener piedad de tu compañero, como yo tuve piedad de ti?». Entonces el rey lo entrega a los verdugos hasta que pague toda la deuda. Jesús concluye: «Lo mismo hará con ustedes mi Padre del cielo, si cada uno no perdona de corazón a su hermano».
La primera lectura del libro del Eclesiástico (27,30—28,7) nos prepara para esta enseñanza con una sabiduría directa: «El rencor y la ira son cosas detestables, y el pecador las abraza con fuerza». Pregunta cómo alguien que se niega a tener misericordia con otro puede esperar sanación o perdón del Señor. Recuerda tus últimos días, urge; deja a un lado la enemistad y pasa por alto las faltas.
El Salmo 103 responde con alabanza al Dios que es «compasivo y misericordioso, lento para la ira y rico en clemencia». No nos trata según nuestros pecados; cuanto dista el oriente del ocaso, así aleja de nosotros nuestras transgresiones.
San Pablo, en la segunda lectura (Romanos 14,7-9), nos recuerda que ninguno de nosotros vive para sí mismo ni muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor. Así, tanto en la vida como en la muerte, somos del Señor. Toda nuestra existencia está sostenida por la misericordia de Cristo; por eso nuestras relaciones con los demás deben reflejar esa pertenencia.
Perdonar no es fácil. No significa pretender que la ofensa nunca ocurrió, negar la justicia ni permanecer en una situación abusiva. Significa renunciar al derecho de tomar represalias y confiar el juicio a Dios. Es una decisión de la voluntad, muchas veces repetida, que libera tanto al que perdona como al que es perdonado. Cada vez que nos reunimos para la Misa rezamos el Padrenuestro: «Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden». Este domingo nos invita a examinar con qué sinceridad pronunciamos esas palabras. ¿Quién todavía tiene una reclamación sobre nuestro corazón? ¿Qué deuda nos negamos a cancelar? Que el Señor, que tanto nos ha perdonado, nos conceda la gracia de perdonar de corazón… setenta veces siete y más allá.
¡Que Dios bendiga a todos siempre!!!
P. Stan














