Junio 28, 2026 -13th Domingo del Tiempo Ordinario
Queiridos Hermanos y Hermanas,
En el Evangelio de hoy, Jesús dice algo que puede sonar sorprendente e incluso inquietante: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí». A primera vista, estas palabras podrían parecer que ponen nuestro amor a Dios en competencia con nuestro amor a la familia y a los amigos. Pero eso no es lo que Jesús quiere decir.
Dios nunca nos pide que amemos menos a nuestras familias. Más bien, nos pide que lo amemos a Él primero. Cuando Dios ocupa el primer lugar en nuestra vida, transforma todas nuestras demás relaciones y las hace mejores. Un esposo ama a su esposa con mayor fidelidad. Una esposa ama a su esposo con mayor generosidad y entrega. Los padres se vuelven más pacientes y atentos. Los hijos aprenden gratitud y respeto. Los amigos se vuelven más leales y comprensivos. Poner a Dios en primer lugar no disminuye el amor humano; lo purifica, lo profundiza y lo ayuda a florecer.
El problema es que con frecuencia esperamos que otras personas carguen con pesos que solo pueden llevarse con la ayuda de Dios. Buscamos en el cónyuge, en los hijos, en los amigos o incluso en nosotros mismos el sentido, la seguridad y la plenitud que solo Dios puede dar. Cuando colocamos a otra persona en el centro de nuestra vida, tarde o temprano terminamos decepcionados. Pero cuando Dios está en el centro, nuestras relaciones se liberan de expectativas irreales y se vuelven más sanas y fuertes.
Jesús continúa hablando de tomar nuestra cruz y seguirlo. Toda relación implica sacrificio. El amor siempre nos exige poner las necesidades del otro por encima de las nuestras. La cruz no es simplemente una carga; es el signo del amor auténtico. Cuando llevamos nuestras cruces con fe, aprendemos a amar como Cristo amó: con generosidad, paciencia y sin calcular el costo.
El Evangelio concluye con una hermosa lección sobre la hospitalidad. Incluso un simple vaso de agua ofrecido en el nombre de Cristo tiene valor a los ojos de Dios. La gran santidad se encuentra muchas veces no en acciones extraordinarias, sino en pequeños actos de bondad realizados con gran amor. Cada gesto de compasión, cada palabra de aliento, cada acto de servicio se convierte en una manera de acoger al mismo Cristo.
Al reflexionar sobre este Evangelio, preguntémonos: ¿Quién está en el centro de mi vida? Si Cristo ocupa verdaderamente el primer lugar, todo lo demás encontrará su lugar adecuado. Lejos de debilitar nuestras relaciones, su presencia las fortalecerá. Lejos de disminuir nuestro amor por los demás, Él nos enseñará a amarlos de una manera más plena.
Que el Señor nos ayude a ponerlo a Él en primer lugar en nuestro corazón, confiando en que, cuando lo hacemos, bendice a nuestras familias, fortalece nuestras amistades y transforma nuestras vidas con su gracia.
¡Que Dios los bendiga siempre!
P. Stan














