Febrero 22, El Primer Domingo de Cuaresma
Queridos hermanos y hermanas:
El Primer Domingo de Cuaresma siempre nos devuelve al comienzo. Antes de que cobren fuerza las disciplinas del ayuno y la limosna, antes de que se intensifique el camino hacia la Cruz, la Iglesia nos invita a mirar con honestidad el corazón humano: su libertad, su fragilidad y su profunda necesidad de la gracia.
La primera lectura (Gn 2,7–9; 3,1–7) narra la conocida y trágica historia de la caída de la humanidad. Adán y Eva son colocados en un jardín que rebosa de la generosidad de Dios. No les falta nada. Sin embargo, la tentación de la serpiente es sutil: no niega la existencia de Dios, sino que pone en duda su bondad. «¿De veras Dios les dijo…?». En el fondo, el primer pecado no trata de comer un fruto prohibido; trata de la desconfianza. La humanidad elige la autoafirmación en lugar de la relación, la autonomía en lugar de la obediencia. El resultado inmediato es la vergüenza, el miedo y la alienación: de Dios, de los demás e incluso de sí mismos. La Cuaresma comienza nombrando esta herida con honestidad, porque la sanación solo puede comenzar donde se dice la verdad.
San Pablo (Rm 5,12–19) coloca a Adán y a Cristo uno junto al otro. Donde la desobediencia de Adán introdujo el pecado y la muerte en el mundo, la obediencia de Cristo abre la puerta a la justificación y a la vida. Pablo no minimiza la gravedad del pecado, pero insiste con mayor fuerza aún en la sobreabundancia de la gracia. Este contraste es crucial para la Cuaresma. El tiempo cuaresmal no se trata de demostrar nuestra fortaleza moral; se trata de aprender nuevamente a apoyarnos en la gracia. El pecado puede ser poderoso, pero no es lo último. En Cristo, Dios ha entrado de manera decisiva en la debilidad humana y la ha transformado desde dentro.
El Evangelio (Mt 4,1–11) muestra a Jesús entrando en el desierto inmediatamente después de su bautismo. Conducido por el Espíritu, enfrenta la tentación no en un jardín de abundancia, sino en un lugar de hambre, soledad y prueba. Cada tentación evoca los fracasos de Israel —y los de Adán—, pero Jesús responde de manera distinta. Se niega a convertir las piedras en pan, eligiendo la confianza en lugar de la autosuficiencia. Rechaza el espectáculo, eligiendo la fe en lugar de la manipulación. Rechaza el poder obtenido por el compromiso, eligiendo adorar solo a Dios. Donde Adán quiso aferrarse, Jesús se entregó. Donde la humanidad no supo confiar, Cristo se confió totalmente al Padre. El desierto no se convierte en un lugar de derrota, sino de fidelidad decisiva.
Estas lecturas nos recuerdan que la Cuaresma no trata simplemente de la superación personal. Se trata de recuperar nuestra verdadera identidad en Cristo. Vivimos entre el jardín y el desierto, entre la caída y la redención. Cada tentación que enfrentamos —hacia el control, la comodidad o el compromiso— hace eco de estas antiguas historias. Sin embargo, la Cuaresma es, en última instancia, un tiempo de esperanza. El mismo Espíritu que condujo a Jesús al desierto nos acompaña hoy. La obediencia de Cristo no es solo un ejemplo; es un don compartido con nosotros. Al comenzar este tiempo santo, somos invitados a confiar de nuevo, a escuchar de nuevo y a creer que la gracia es más fuerte que el pecado. El camino ha comenzado. El desenlace, en Cristo, ya está asegurado.
¡Que Dios bendiga a todos siempre!
P. Stan














