Agosto 9, 2026 -19th Domingo del Tiempo Ordinario
Queiridos Hermanos y Hermanas,
En el Evangelio de este domingo, los discípulos se encuentran en medio de una tormenta. Su barca es sacudida por las olas, el viento les es contrario y tienen miedo. Es en las horas más oscuras de la noche cuando Jesús se acerca a ellos, caminando sobre el agua. Al principio no lo reconocen. Pensando que es un fantasma, gritan llenos de temor. Pero Jesús los tranquiliza inmediatamente: «¡Ánimo! Soy yo. No tengan miedo.»
¡Cuántas veces nosotros también nos encontramos en medio de tormentas semejantes! Nos preocupamos por nuestras familias, por nuestra salud, por nuestras finanzas, por el futuro o por los desafíos que enfrenta la Iglesia. A veces puede parecernos que Jesús está distante o en silencio. Sin embargo, el Evangelio de hoy nos recuerda que el Señor nunca está ausente. Él viene a nuestro encuentro, muchas veces de maneras inesperadas, y sus primeras palabras siempre son palabras de esperanza: «No tengan miedo.»
La respuesta de Pedro es al mismo tiempo valiente y profundamente humana. A invitación de Jesús, baja de la barca y comienza a caminar sobre el agua. Mientras mantiene sus ojos fijos en Cristo, realiza lo imposible. Pero cuando se fija en la fuerza del viento, el miedo se apodera de él y comienza a hundirse. Inmediatamente, Jesús extiende su mano y lo salva.
La experiencia de Pedro es también la nuestra. Cuando nos concentramos en nuestros miedos, nuestros problemas y nuestras limitaciones, el desánimo puede apoderarse de nosotros. Pero cuando mantenemos nuestra mirada fija en Cristo, descubrimos una fortaleza que no sabíamos que teníamos. La fe no elimina todas las tormentas de nuestra vida; más bien, nos da la confianza de que Cristo está con nosotros en medio de cada una de ellas.
La primera lectura nos ofrece otra enseñanza profunda. El profeta Elías espera encontrar a Dios en signos extraordinarios: un viento impetuoso, un terremoto y un fuego. Sin embargo, Dios se manifiesta en el susurro de una brisa suave. Dios suele hablarnos silenciosamente en la oración, en las Sagradas Escrituras, en la Eucaristía y a través de la bondad y el aliento que recibimos de los demás. En un mundo lleno de ruido y distracciones constantes, necesitamos momentos de silencio para reconocer su presencia.
Al celebrar la Eucaristía este domingo, pidamos al Señor que fortalezca nuestra fe. Que podamos confiar en Él incluso cuando la vida se vuelve difícil, escuchar su voz suave en medio del ruido de cada día y mantener siempre nuestra mirada fija en Él. Entonces, cualquiera que sea la tormenta que enfrentemos, escucharemos sus palabras llenas de consuelo: «¡Ánimo! Soy yo. No tengan miedo.»
¡Que Dios los bendiga siempre a ustedes y a sus familias!
P. Stan














