11 de enero de 2026 - El Bautismo del Señor
Queridos hermanos y hermanas:
Con la Fiesta del Bautismo del Señor, el tiempo de Navidad llega a su fin y continuamos con el llamado Tiempo Ordinario. El Niño de Belén entra ahora en las aguas del Jordán y comienza su ministerio público. Lo que a primera vista parece un momento sencillo se convierte rápidamente en una profunda revelación de quién es Jesús — y de quiénes somos nosotros. Jesús acude a Juan no porque necesite arrepentimiento, sino porque elige la solidaridad. Entra en las aguas junto a los pecadores, tomando su lugar con la humanidad en toda su fragilidad y esperanza. Al hacerlo, nos muestra el corazón de Dios: un Dios que no se mantiene a distancia, sino que entra plenamente y libremente en nuestras vidas.
Cuando Jesús sale del agua, los cielos se abren. El Espíritu desciende como paloma. Y se oye la voz del Padre: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco». Esto no es solo una revelación de la identidad de Jesús; es también una revelación de la nuestra. Por nuestro propio bautismo, somos unidos a Cristo. Lo que el Padre proclama sobre Jesús, ahora lo proclama sobre nosotros: Tú eres mi hijo amado. Antes de hacer nada, antes de demostrar nuestro valor, antes de tener éxito o fracasar — somos reclamados por el amor de Dios.
El Bautismo no es simplemente un rito del pasado ni una tradición familiar. Es el fundamento de la vida cristiana. Es el momento en que somos purificados, llenos del Espíritu Santo y enviados al mundo como discípulos. Así como el bautismo de Jesús marcó el inicio de su misión, nuestro bautismo marca el comienzo de la nuestra. Esta fiesta nos invita a recordar nuestro propio bautismo — quizá no el día exacto, pero sí la gracia que aún fluye de él. Nos llama a renovar nuestro compromiso de vivir como hijos amados de Dios: rechazando el pecado, eligiendo la santidad y dando testimonio de Cristo en nuestra vida diaria.
Al dejar atrás el tiempo de Navidad y volver al Tiempo Ordinario, el mensaje es claro: la luz revelada en Navidad ahora brilla a través de nosotros. Fortalecidos por nuestro bautismo, vivamos con confianza en el amor de Dios y con valentía en nuestra vocación, sabiendo que también nosotros somos hijos e hijas amados del Padre.
Con el cambio de las estaciones, quiero aprovechar la oportunidad para expresar mi sincero agradecimiento a todos ustedes por su apoyo a la parroquia durante todo el año y por su generosidad. Quiero dar gracias a todos los que sirven a la parroquia en cualquier capacidad y en cualquier ministerio: ujieres, monaguillos, lectores, ministros extraordinarios de la Comunión, y a todos los que participan en grupos de oración. Gracias por su ayuda en las tareas de limpieza de nuestros edificios y de los terrenos parroquiales, y por la decoración de la iglesia en las distintas temporadas del año. Agradezco a los coros, y a quienes organizaron las posadas y las representaciones antes de Navidad. Sin toda su ayuda y apoyo, no podríamos realizar el ministerio ni todo lo que sucede en nuestra parroquia. Gracias también por nuestro ministerio de alcance comunitario y por su apoyo al mismo. Gracias por la organización de las fiestas y recaudaciones de fondos, por cocinar, limpiar y decorar. Gracias por su generosidad con la parroquia y con nosotros, los sacerdotes. Su fe puesta en práctica, y el compartir sus talentos y recursos, hacen de nuestra parroquia una verdadera comunidad y familia de fe.
¡Que Dios los bendiga siempre a todos!
P. Stan














