10/2/22 - VIGESIMO SEPTIMO DOMINGO DE TIEMPO ORDINARIO

Queridas Hermanas y Hermanos,

   “Auméntanos la fe”, es el pedido de los Apóstoles en el Evangelio de hoy. Todos podemos identificarnos con eso, a todos nos gustaría tener una fe tan grande como para mover montañas o trasplantar arboles solo con un acto de fe. Sería bueno tener los poderes para hacer milagros, pero primero necesitamos tener esa gran fe. ¿De dónde sacamos la fe? ¿Cómo empezamos a creer en alguien o en algo?

   Empezamos a creer en algo haciendo de ello una experiencia. Confiamos en que algo funciona de cierta manera sobre la base de una experiencia espiritual o material. Sabemos que nuestro automóvil está funcionando bien y que podemos depender de el para el transporte. Pero, cuando vamos a la cuidad, es posible que prefiramos tomar el tren, porque hemos tenido experiencias de: multas de estacionamiento, infracciones de tránsito por tomar el giro equivocado en el lugar equivocado, etc. Con todo eso, probablemente sea más probable que tomemos el tren y confiemos en que esta es una solución mucho más pacifica para visitar la cuidad. Es en esas experiencias, que confiamos o desconfiamos de nosotros mismo o de los demás, o de la circunstancia de la vida.

   Lo mismo ocurre con nuestra fe en los demás. Sabemos a quién podemos confiar, hasta qué punto y con que, en base a nuestra experiencia de ellos y su entrega a la palabra, a la promesa. Sabemos quién puede hacer que, sabemos a quién confiar que.

   Muy similar es nuestra experiencia de Dios. Aprendemos a quien es Dios, aprendemos que hace Dios, aprendemos cómo se comporta Dios, obtenemos nuestra percepción y comprensión de Dios. La percepción, comprensión y experiencia, siempre estará limitada por nuestra humanidad y nuestra naturaleza, pero tiene también infinitas posibilidades, ya que Dios puede darnos la experiencia de quien verdaderamente es sin límites. Es por esto que tenemos tanta variedad de santos, y cada uno de ellos es diferente y sorprendente en formas únicas, con virtudes y obras particulares, que los hacen irrepetibles.

   Una experiencia, es lo que buscamos en la oración, y en los sacramentos, buscamos ese encuentro transformador con Dios, con Cristo, con el Espíritu Santo. Esperamos que Dios se nos revele, para que conozcamos la plenitud de nuestra vida, de nuestra fe, para que conozcamos y tengamos una Comunión y felicidad ultima con Dios.

   ¿Estamos preparados para esa revelación? ¿Estamos preparados para ese encuentro? ¿Estamos preparados para esa transformación? Los santos están listos, y Dios los transforma porque se lo permiten. En cuanto al resto de nosotros, queremos controlar demasiado esa experiencia, queremos estar a cargo, queremos decirle a Dios que hacer. De alguna manera no lo entendemos, que Dios lo sabe todo y no necesita nuestro consejo, pero necesita nuestra aceptación, para dejarle tomar el control de nuestras vidas. Por eso venimos una y otra vez, a buscar ese encuentro con Dios, a profundizar nuestra fe, nuestra experiencia de Dios.

   Y ojalá algún día lleguemos, como llegan los santos; nos daremos cuenta de que fue lo mejor que pudimos hacer, y que fue un regalo de Dios para nosotros en todo momento, al experimentar y vivir en comunión con Dios. Entonces, permitiremos que Dios trabaje a través de nosotros, permitiremos que Dios no use como la extensión de sí mismo, como sus manos, sus pies, su corazón para llegar a los demás; y entonces diríamos: “somos siervos inútiles; hemos hecho lo que estábamos obligados a hacer”.

   Buscar a Dios es nuestro privilegio, un privilegio de nuestra naturaleza, que encuentra su plenitud en Dios. Santidad y Comunión con Dios, es un llamado y un deber para todos los cristianos que creen en el amor de Jesus. Entonces crezcamos en la fe, crezcamos en nuestra experiencia de Dios, en la esperanza y el amor a Dios, y entonces estaremos moviendo las montañas que nos separan de Dios y de los demás. “Señor, auméntanos la fe”.

¡¡¡Dios les bendiga a todos!!!

Padre Stan