Mayo 3, Sexto Domingo de Pascua
Queridos hermanos y hermanas:
Las lecturas de hoy nos invitan a reflexionar sobre la presencia constante de Dios, manifestada a través del amor, del don del Espíritu Santo y de las relaciones que dan forma a nuestra vida. Este año, al coincidir con el Día de las Madres, este mensaje adquiere una dimensión particularmente tierna y humana. En el Evangelio según san Juan (14,15–21), Jesús habla íntimamente a sus discípulos mientras los prepara para su partida. No oculta la realidad de que pronto experimentarán su ausencia de manera visible. Sin embargo, sus palabras no están llenas de abandono, sino de promesa: “No los dejaré huérfanos”. Les asegura que recibirán al Paráclito, el Espíritu de la verdad, que permanecerá con ellos para siempre. Esta promesa toca uno de los temores más profundos del ser humano: el miedo a quedarse solo. Jesús responde no solo con consuelo, sino con una relación viva. La presencia que promete no es distante ni abstracta, sino personal y permanente. Es la misma vida de Dios habitando en su pueblo.
En este Día de las Madres, podemos escuchar en las palabras de Jesús un eco del amor que muchos han experimentado a través del cuidado de una madre. En su mejor expresión, la maternidad refleja un amor constante, atento y entregado; un amor que dice, de innumerables maneras: “Estoy aquí para ti”. Aunque el amor humano nunca es perfecto y las experiencias de la maternidad pueden incluir tanto alegría como dolor, aun así señalan hacia el amor fiel de Dios. Jesús también deja claro que el amor no es solo un sentimiento, sino una realidad que se vive: “Si me aman, guardarán mis mandamientos”. El amor se revela en la acción, en la fidelidad, en el sacrificio. Se manifiesta en las decisiones cotidianas de ser pacientes, de perdonar, de servir. De este modo, la experiencia vivida de la maternidad se convierte muchas veces en un poderoso testimonio del amor que Cristo pide a sus discípulos.
La primera lectura de los Hechos de los Apóstoles (8,5–17) muestra a la Iglesia primitiva en crecimiento, pero también necesitada de fortalecimiento. A través de la imposición de las manos, los creyentes reciben el Espíritu Santo, recordándonos que la fe no se sostiene solo por el esfuerzo humano, sino por la vida de Dios en nosotros. El Espíritu es quien nos enseña a amar, a permanecer fieles y a vivir como verdaderos hijos de Dios. Esto también resuena con la vocación de la maternidad. Una madre no solo cuida; también forma, guía y prepara a sus hijos para vivir con sabiduría y amor. De manera similar, el Espíritu Santo nos forma interiormente, moldeando nuestro corazón para que podamos vivir como discípulos de Cristo incluso en su ausencia visible.
Este domingo, entonces, se convierte en una oportunidad para la gratitud y la oración. Damos gracias por las madres—vivas y difuntas—que han sido instrumentos del amor de Dios en nuestras vidas. Recordamos a quienes desean ser madres, a quienes enfrentan dificultades en su vocación y a quienes llevan el dolor de la pérdida. También reconocemos a tantas madres espirituales—maestras, mentoras y cuidadoras—cuyo testimonio silencioso refleja el cuidado de Dios de maneras ocultas pero poderosas.
Sobre todo, somos invitados a descansar en la verdad más profunda que Jesús revela: no somos huérfanos. En un mundo donde muchos experimentan la soledad y la incertidumbre, sus palabras siguen siendo fuente de esperanza: “Yo estoy en mi Padre, y ustedes en mí, y yo en ustedes”. Esta es nuestra identidad. No estamos abandonados. No estamos olvidados. Somos amados. Vivir esta verdad es quizá la mejor manera de honrar tanto el Sexto Domingo de Pascua como el Día de las Madres. Habiendo recibido el amor fiel de Dios, estamos llamados a hacerlo visible—en nuestras acciones, en nuestros sacrificios y en nuestro cuidado por los demás. Porque, al final, el amor no es solo algo que celebramos; es algo en lo que estamos llamados a convertirnos. Dios Los bendiga a todos siempre!!!
Feliz Dia de la Madre!!!
P. Stan














