Febrero 15th, Sexto domingo del Tiempo Ordinario

Queridos hermanos y hermanas:

El Evangelio de este domingo (Mateo 5, 17–37) nos sitúa de lleno en el Sermón de la Montaña, donde Jesús desafía a sus oyentes —y a nosotros— a ir más allá de una comprensión mínima de la fe. «No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento», dice, y a continuación eleva el listón. Ya no basta simplemente con evitar el homicidio; debemos confrontar la ira y el resentimiento. Ya no basta evitar el adulterio; debemos examinar nuestros deseos, nuestras intenciones y la fidelidad de nuestro corazón.A primera vista, estas palabras pueden parecer pesadas o incluso desalentadoras. La enseñanza de Jesús parece exigente, inflexible y difícil de vivir. Sin embargo, cuando escuchamos con atención, no oímos un mensaje de condena, sino una llamada a un amor más profundo: un amor honesto, fiel y arraigado en el corazón.

Este mensaje resuena de manera especial este fin de semana, al celebrar el Día de San Valentín. Nuestra cultura suele asociar el amor con el romance, el sentimiento o la emoción pasajera. Aunque esos elementos pueden ser hermosos, Jesús nos invita a algo mucho más sólido. Habla de un amor fiel en las acciones, respetuoso en el pensamiento y sincero en la intención. Es un amor que no se conforma con las apariencias, sino que busca la integridad, donde lo que profesamos con los labios se refleja en la manera en que vivimos, hablamos y tratamos a los demás. El verdadero amor, tal como lo presenta Jesús, es exigente porque es transformador. Requiere examen de conciencia y conversión. Nos pide mirar con honestidad nuestras relaciones: ¿Cómo hablamos con quienes están más cerca de nosotros? ¿Guardamos rencores, alimentamos la amargura o desestimamos a otros con palabras descuidadas? ¿Somos fieles —no solo en el matrimonio, sino también en la amistad, la vida familiar y la comunidad? En este fin de semana de San Valentín, el Evangelio nos recuerda que el amor no es solo algo que sentimos; es algo que elegimos y vivimos cada día.

La primera lectura hace eco de este desafío. El libro del Eclesiástico nos dice que Dios pone delante de nosotros fuego y agua, vida y muerte, bien y mal, y nos invita a elegir. El amor, en el sentido bíblico, es siempre una elección. Dios respeta nuestra libertad, pero también nos muestra el camino que conduce a la vida. Jesús hace lo mismo en el Evangelio: no rebaja la exigencia, sino que camina con nosotros mientras nos esforzamos por vivirla.

Este domingo también funciona como un umbral silencioso. El Miércoles de Ceniza está muy cerca y marca el comienzo de la Cuaresma. El momento es providencial. Antes de recibir las cenizas y escuchar el llamado a la conversión, Jesús nos pide mirar hacia dentro. La Cuaresma no se trata principalmente de renunciar a cosas; se trata de permitir que Dios transforme nuestro corazón. El Evangelio de hoy nombra precisamente las áreas donde esa transformación suele ser necesaria: nuestros pensamientos, nuestras palabras, nuestras relaciones y nuestra integridad. Al prepararnos para la Cuaresma, las lecturas de este domingo nos invitan a considerar qué tipo de conversión Dios puede estar pidiéndonos este año. ¿Hay alguna relación que necesita sanación? ¿Algún resentimiento antiguo que deba ser entregado? ¿Un hábito de hablar que hiere en lugar de edificar? El Miércoles de Ceniza nos recordará nuestra mortalidad, pero también nos recordará que el cambio es posible, que la gracia es real y que la misericordia de Dios está siempre al alcance.

El Día de San Valentín, entonces, no es una distracción del Evangelio; es una lente adecuada a través de la cual escucharlo. El amor que celebramos, ya sea romántico, familiar o comunitario, encuentra su sentido más profundo cuando está arraigado en Cristo. Su amor va más allá del sentimiento; abraza el sacrificio, el perdón y la fidelidad. Es un amor que cumple la ley porque colma el corazón humano. Que esta semana sea un tiempo para elegir el amor con mayor intención, para preparar nuestros corazones a la conversión y para entrar en el tiempo que se aproxima con honestidad, esperanza y fe.

¡Que Dios bendiga a todos siempre!

P. Stan